Terminando la partida, tras vaciar la cajetilla de cigarrillos, solo quedaban tres bolas dispersas sobre la mesa de billar. Me dispuse a sentenciar el juego a mi favor y, sin vacilar un momento ejecuté un tiro perfecto que causó estupor a mi rival. No haber dado un par de vueltas alrededor del campo o, tal vez, no haber pronunciado esa frase que enriquecía mi repertorio de supersticiones, los ojos que me observaban detrás de la cortina de humo fueron los desencadenantes de que errara 23º la trayectoria de la esfera blanca. Perdí.
Ya no importaba, me imaginé la bola número ocho cayendo por el abismo, confundiéndose con la oscuridad, rodando por los conductos secretos del billar… eso me hizo pensar en el universo, en sus agujeros negros, en la biblioteca (donde por cierto también desaparecían libros y, yo, como bibliotecaria, tenía que pasar horas buscándolos), en que me habían mandado hacer un trabajo sobre Borges.
Inmersa en un pensamiento helicoidal, subí las escaleras de corte escheriano de aquel zulo con la intención de pedir otro pastís. Pero desde lo alto de esa torre de Tatlin ligeramente inclinada vi, con cierta perspectiva, el salón subterráneo y todas las mesas de juego. Estaban dispuestas unas al lado de las otras. Me atrapó el ruido que hacían las esferas al chocar entre sí y me quedé observando el panorama. Las lámparas que pendían del techo daban una luz tenue que con duras penas iluminaba el confín de su sistema, delimitado por pequeños diamantes. Las bolas impactaban en los márgenes de la moqueta verde y la gente estaba expectante. Seguían con atención cada tiro, comentaban, creían saberlo todo sobre el billar americano. Pero nunca se habían planteado por qué las bolas desaparecían por los agujeros negros tras los impactos que recibían en sus trayectorias…
Cuando Billie Holliday se hizo del todo inaudible me apresuré a pedir la bebida. La gente estaba apelotonada, ahí de pie, esperando a que el camarero les atendiese; fumaban, hablaban entre sí sin escucharse, hacían rodar los cubitos de hielo en los vasos de tubo. Me acerqué y sin tener que esperar mucho rato pude saborear esas hierbas provenzales bien frescas.
Con la garganta aclarada me apetecía entablar una conversación con alguien. En realidad me moría por contar el secreto del billar. Un chico jugaba nervioso picando con las uñas en la barra y le dije: “el billar es un juego elitista”. Bastó decir esto para que arrugara el labio superior, frunciera el ceño y me mirara con aire de incredulidad. Allí se quedó, como estaba, con su taburete paticojo, aferrado al vaso vacío y la mirada perdida.
Más chula que un ocho me di la vuelta, ¿Qué sentido tenía compartir con alguien el descubrimiento que hice aquella noche? A ese pavo no le interesaba lo más mínimo conocer los orígenes del billar, análogos, por cierto, a los de la creación según la mitología quechua. Y me explico: Cuando las divinidades crearon el mundo, disponiendo cada cosa en su lugar, se detuvieron a discutir dónde deberían guardar el saber.
Era, sin duda, una cuestión muy importante que requería una atención especial. Debía preservarse y por ello pasaron largo rato pensando el lugar donde esconderlo. “En la montaña más alta” propusieron, pero lo desestimaron pues algún día un ser humano llegaría a su cima, “en el fondo del mar”… todas acabaron descartándose. Finalmente, arguyeron que lo mejor sería repartir el saber entre todos los seres humanos.
Por dos motivos: el primero porqué nunca se les ocurriría buscarlo dentro de sí mismos y, el segundo; porqué si alguna vez sucediera esto –algo del todo improbable- jamás tendrían la capacidad de reunirse, hablar y escucharse, en definitiva, de compartirlo.
Las bolas aparecen, se dispersan, chocan entre ellas, desaparecen con la misma facilidad que aquello que escribimos y -todo cabe decirlo- nos entestamos a delimitar en un marco, regido por leyes, sujeto a variables... Como las divinidades quechuas, los tablistas de billar decidieron esconder el secreto infinito en el mismo juego, un juego de orígenes remotos, oscuros.
A los jugadores ordinarios se les escapan estas cosas, a diferencia de los ojos que me observaban detrás de la cortina de humo, o de la bola ocho que se desliza por el felpudo hacia un agujero negro. Esto no se le puede escapar a una estudiante que tiene que hacer un trabajo sobre Borges o a una persona que haya encontrado un libro que haya sido absorbido previamente por los agujeros negros de la biblioteca porqué sabe que la clave está en la perspectiva en que se miran las cosas.
Y por la mañana: perdida, paralizada en un mar congelado de sal sin senderos; la hoja en blanco le recordaba el marfil pulido y la golpeadora avanzando… Ya había conseguido separar los pies del hielo y me encontraba patinando sobre esa pista infinita y clara. “El gallo ganará” pronuncié en voz baja, y empecé a escribir.
domingo, 27 de abril de 2008
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